Pisar dentro de Cartagena de Indias, la ciudad amurallada, es ser transportado automáticamente a una época llena de ambición y posibilidad. De pronto respiras un aire salado impregnado con coco y pescado frito y no solo das  fuerzas  a tus pulmones sino a tus sueños irrealizados también. Al exhalar, el sonido de un acordeón en la lejanía le hace armonía al deambular de un caballo. Un vendedor ambulante suena como metrónomo de una canción <<Botero, Botero, Botero>> en la que todos somos participes haciéndole los acompañamientos con nuestras conversaciones plurilingües. Te sientes inseguro, y sin saber el porqué.
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Cartagena Pink WallEn parte, porque ves el hambre en el pueblo con cada contacto visual accidental y te sientes endeudado. Por otra, sientes verdadero temor de que corregir y emendar no es tan fácil como te lo supones. Al mismo tiempo, no puedes negar la incontrolable tendencia hacia lo irreal. Con los sentidos hipersensibles, dejas que las coloridas paredes aviven también tu imaginación. Pero, no hay que alarmarse, la ciudad tiene una manera muy particular de traerte a la presente realidad cada cierto tiempo, porque mucho soñar no le conviene al ser humano.

Cada calle (o Carrera como se llamase) tiene ladrillos levantados o imperfecciones trazadas con el tiempo, como un ataúd  que sobresale de la superficie de un cementerio. Son restos de las leyendas que en un tiempo holgazaneaban por las mismas, y sin ningún previo aviso tropiezan tus pasos sin clemencia. Luego observas un típico baile de cumbia y te dejas distraer por los giros de una pollera y el misterio de un sombrero volteado y una vez más te transportas o al pasado o al futuro. Entrelazar la historia con el amor y la amistad  es tan fácil como el trenzar los hilos tricolores de las pulseras exhibidas en las plazas. En todo caso una vez más retrocedes a lo más profundo de tu ser. Pero, la ciudad misma, que sabe más por vieja que por nada, te despierta de tu anhelar con el sonido unánime del reloj eje y la transmisión rasposa y puntual del himno nacional. Son las seis, casi todo el día se te ha ido vagando por carreteras diagonales sin propósito y sin destino.

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Pero, ¡animo! Para eso hay un leal y abnegado tintero, un vendedor ambulante del café que no puede faltar. Pagando menos de un dólar, te disparas un traguito y recobras vida. Ahora corre por tu cuerpo el líquido más auténtico de Cartagena, con una revivificada decisión te preparas para lo que son las noches cartageneras.

Comments (7)

  1. I absolutely love your blog!! You write in such a way that I mentally transport, in this case, to Cartagena.

    1. Thank you Michelle, we should do a collaboration post, your photography and my writing.

      1. Let’s do it!

  2. Incluye un recorrido turístico por la ciudad con cientos de imágenes. Cartagena de Indias.

  3. Qué pluma! No me canso de leerte en ambos idiomas. Y de paso, ahora tengo antojo de un tinto!

    1. Muchísimas gracias. Solo faltaría como que intentarlo en francés, no?

      1. Oui, mon cher ami.

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