Estimado expatriado venezolano recién llegado a Miami,
Ayer te vi. Te vi en el estadio de los Marlins, asistiendo al evento del día de herencia Venezolana. Tú no me reconociste y no te culpo. Tengo que admitir que, a veces, ni yo me reconozco. Pero, hagamos memoria a ver si te acuerdas y como cada gran historia…comenzaremos desde el principio.

Un principio que comenzó en una noche eclipsal en Maracay. Me acuerdo el terror que sentí al pensar que algo se comería a la luna. Me quede dormida con ese temor mientras los adultos bebían, hablaban, y se despedían. A los 4 años, ¿qué sabia yo de despedidas? Llegue aquí sin invitación, sin permiso, y totalmente confundida. Cabe mencionar que era una época previa al socialismo, radicalismo, y chavismo. Era una época en la cual ni los venezolanos entendían porque nos fuimos, ni los americanos porque vinimos. Y para una niña en edad preescolar, era difícil respirar aire tan poco contaminado y ver un paisaje tan despejado. Me acuerdo haber preguntado, mientras caminábamos hacia el teléfono público para llamar a mi abuela, las manos cargadas con una bolsa llena de monedas y con sentimientos pesados, “¿Mami, adonde esta la montaña?”. Simplemente no me ubicaba.

Los próximos 26 años transcurrieron de manera parecida, sin lograr encajar en un sistema diseñado para cuestionar todo lo que parece diferente. Al principio, no había compañía de otros expatriados. Rápidamente me di cuenta que si no me identificaba como venezolana, sería mejor. De esa manera no tendría que explicar qué es un coleto, una arepa, ni un guarapo. Si no me identificaba, tampoco tendría que explicar lo particular del color del pantano de Charallave, un marrón rojizo cuyo nombre no existe en inglés; ni tampoco existe nombre para el olor a vacada permeando el ambiente. ¿Cómo explicar con palabras la manera como las nubes literalmente se cuelan por las ventanillas de una casita en la cima de una montaña en el Hatillo?

Por más inglés que estudiaba, no lograba extender mi vocabulario lo suficiente para compensar por mi nostalgia, así que simplemente lo deje de intentar. Fue más fácil asimilar. Asimile los bailes americanos, el paladar centroamericano, y el vocabulario cubano. Aprendí a hablar el español con acentos más variados que la población emigrante y cada vez más extensa que se metía en Miami a la fuerza. Fue así como perdí mi acento venezolano. No por voluntad propia sino por supervivencia.

Y ahora, ¿qué queda? Una existencia ni puramente americana ni ligeramente venezolana. Ahora han llegado más como tú y yo. Ahora sí hay una gran comunidad de venezolanos, pero rápidamente me di cuenta que con estos también me iría mejor si no me identifica como venezolana. De esa manera no tendría que explicar por qué hablo el español con un acento tan raro. No tendría que explicar por qué siempre se me endurece la masa de las arepas, por qué cuelo el café tan espeso, ni por qué sueño en inglés aunque mis mejores debates los hago en español.

Así que mientras observo en el estadio de los Marlins una ola de color vino tinto, con detalles esporádicos tricolores, no siento ni orgullo ni felicidad en sí. Lo que siento es tristeza y lejanía de una cultura ajena. Sintiéndome más lejos que nunca, y esta vez no puedo costear lo que vale volver.

Así que si no me reconoces como venezolana, no te apresures a sentirte traicionado ni rechazado. Al leer mis palabras e identificar mis errores ortográficos, no te apresures a juzgar un idioma auto-creado y auto-enseñado. Es un lenguaje que hablamos los pocos expatriados que inmigramos en los años en los cuales ni los venezolanos entendían porque nos fuimos, ni los americanos porque vinimos. Este idioma tarda años y esfuerzo para aprender. Se refina haciendo trabajos humildes que jamás haría un americano; limpiando casas, cortando el césped, y sirviendo café. Para adquirir fluidez, se requiere como requisito previo el saber pasar vergüenza con la gracia de una concursante de belleza. Uno no lo habla a perfección sin primero haber sentido nostalgia, dolor, y pesar. Ahora que estas aquí, lo tendrás que hablar. Si éstas dispuesto a sufrir, lo aprenderás. Tus clases serán en las calles de Miami, tendrás que salir del Doral. Tus maestros serán personas de otras nacionalidades, así que tendrás que estar dispuesto a expandir tu círculo. Pero te juro que en cuanto más rápido lo aprendas, más pronto estarás equipado para la supervivencia. Y es entonces, que me reconocerás.

Con afecto,
Su compañera expatriada venezolana viviendo en Miami ya 26 años.

Comments (4)

  1. Waooo.. qué puedo decirte hasta me sacaste un par de lagrimitas, te confieso que no creí que escribieras en español, pensaba que ya no recordarías este idioma y supongo que tenía razón pues por lo que escribes más que recordarlo has tenido que aprenderlo nuevamente, tienes mucha razón, yo que también era una niña no entendi nunca por qué se fueron, a esa edad el mundo es tan pequeñito que toma muchos años comprender que hay decisiones complicadas que se toman por razones que en ese momento uno no podría comprender. Sin embargo me encantan tus reflexiones, gracias por compartirlas. Besos y saludos para tí y tu familia.
    MailynLinares

  2. Tu ultimas palabras resuenan como el himno de Pavarotti, y en tus manos hay un Arte que la compararia a Frida… Tiene el sentimento de Lia. Cristy ❤️ Me encanta, quiero otra carts mas!

  3. very nice

  4. Me encantó cada una de tus palabras. Yo tengo 9 años en Miami, y aunque una parte de mi si se siente Venezolana aún, me identifico con tu escrito de alguna manera!

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